Poesía como Adanismo y como símbolo de creación. Libertad como sentimiento que impele al poeta en su expresión de versear el mundo. El espejo y la máscara en manos que saben de poesía son “facetas de una misma predisposición a continuar metaforizando el universo a través de trazos profundamente humanos”, como dice Rafael Fauquié Bescos. ¿Individualismo y grito creador? Tal vez porque en el fuero interno del vate hay rumores de melodías que sólo se oyen en sus oídos, unos que saben descifrar un código no inventado, un códice revivido desde la ancestralidad que le da a éste la unión con el universo en ese amplio espacio de su libertad: la de decir, la de crear con un lenguaje conocido lo que sólo él ve, lo que sólo él siente y decodifica.
A la vez que la voz del poeta crea la posibilidad de ser libre, también impone la responsabilidad de administrar la libertad frente a quienes le leen. Una voz que diga pero no se entienda ni llegue ni conmueva no es voz, es un simple decir. La poética de alguien lo debe distinguir porque al llegar se queda, no importa cómo, en el alma de quien con apertura le reciba. Debe obviar entonces el poeta la innegable realidad de que la poesía no es un instrumento ni un arte ni un aporte para las masas, es una realidad que sólo abre aquellas pandoras que algunos quieran abrir.
¿Qué tanto la “máscara” será la misma que le llegue a cualquier lector que se conmueva? Será una función, aun aleatoria, entre aquellos que ya hayan hecho la apertura a la poesía. Dependerá, muchas veces, de las condiciones de tiempo, modo y espacio con que se enfrente el encuentro por cada individuo; hasta de su estado de ánimo, es decir, de la disposición con que éste o el otro enfrenten el instante frente al poema. Hay lectores que toman una segunda lectura porque la primera no fue más que un abrebocas, otros prefieren quedarse con ese “beso primero” y hasta hay quienes la descartan porque no fue, o quienes la aplazan para cuando pueda ser. Hay algunos que dejan la lectura y degustación de este o de aquel poema para cuando existan esas condiciones indefinibles para hacerlo, a menos que la “vida real” se los impida, lo cual puede ser cualquier ajetreo. Otros en cambio, buscarán o hasta gestarán la oportunidad para estar cerca del vate y de su mensaje, tibio o llano, extremo o íntimo, cruel o púdico, meridiano o estrambótico. Y hay, en mayoría, quienes o ni siquiera conocen de su existencia y de las maravillas que en otros seres causa o simplemente ante su más mínimo asomo la descartan o selectivamente, conciente o inconcientemente, ni la escojen.
Si, como creemos sólo algunos, la poesía nos salva ¿por qué a algunos ni siquiera les asalta ni les ayuda? Tal vez porque el “verseo” o el “proseo” de los bardos no está en su sintonía de la vida ni en ese espacio que el alma tiene reservado para la belleza, las emociones sin retribución o lo trascendental; o en el mayor de los casos porque no saben de su existencia y nadie les ha llegado. Algunos también creen que la literatura es y debe ser “un arte trascendente volcado a la realización de grandes causas y consagrado a las más elevadas metas”, y entonces vuela y hasta por ello se escapa del pueblo, se escapa para anidar sólo en algunas esferas del conocimiento y del sentir, es decir en aquellos que tienen cierto bagaje y cierta predisposición de ánimo y clase de alma. De esas reyertas entre poesía verbalizada para grandes aconteceres y aquella llamada “antipoesía”, hay un tinglado que aún resuena, las voces de Nicanor Parra frente a Neruda y las sentencias de Huidobro: creo que la verdad no está en uno u en otro extremo sino entre los dos extremos, de la misma manera que no puede dejar de llamarse a alguna melodía como música simplemente por el hecho de no ser clásica o porque no me gusta. La vida es una serie continua cromática de aconteceres y no un mundo en blanco y negro, tanto que ni siquiera lo así llamado es en realidad un continuo proseguir de grises.
Termino esta divagación como sólo se podría ente este inexplicable tema: la poesía es en sí misma entonces, un arte inclasificable e indefinible como bien podemos decirlo, y es por ello que –como lo han manifestado miles de poetas entrevistados o no- cuando intentamos decir qué es no podemos, pero cuando la vemos venir con sus vaporosas galas transparentes o pálidas sabemos que allí viene y que se va a posar en nosotros.
Francisco Pinzón Bedoya
El pasado viernes 18, presentamos el nuevo libro de María Luisa Morales, Cartas sin destinatario. Cuarenta y cinco relatos, de los temas más diveros conformas este nuevo título de Ediciones Letra Clara, el cual ya está a la venta a través de nuestra página web www.letraclara.com.
Como aperitivo, ahí va una de sus cartas, titulada: VIVIR EN SOLEDAD.
En ocasiones algunas personas necesitan estar en soledad para pensar, reflexionar, descansar o para poner en claro sus ideas. Es una soledad buscada y deseada, pero no siempre la soledad es elegida; hay veces que es impuesta. En ese caso siempre es sinónimo de tristeza.
Jimena siempre fue una mujer alegre y feliz con su familia, siempre estuvo acompañada por su marido y sus hijos. Pero el tiempo pasa deprisa y sus cinco hijos se fueron casando; se quedaron solos su marido y ella. Jimena y su marido consideraron que era el momento oportuno para disfrutar de la vida, ya que antes no fue posible hacerlo. Tener cinco hijos y sacarlos adelante con un solo sueldo les impedía permitirse ningún capricho.
Fueron tiempos difíciles para ellos, pero consiguieron sacar a sus hijos adelante sin lujos aunque sin carecer de lo necesario. Las penurias habían quedado atrás, sus hijos se habían casado, era el momento de viajar y disfrutar de la vida.
Empezaron a salir con amigos, a viajar, iban al cine, al teatro, salían a cenar con sus amigos, conocieron países y paisajes maravillosos; estaban disfrutando en la edad madura lo que no pudieron disfrutar cuando eran jóvenes. Todo era fantástico y nuevo para ellos.
Sus hijos iban muchos fines de semana a comer con ellos, todo era perfecto. Pero la felicidad no es eterna, nos puede dar una desagradable sorpresa y Jimena pronto lo iba a descubrir.
Su marido comenzó a tener problemas de salud, se pasaban los días en médicos y hospitales. En unos meses falleció. Fue un golpe brutal para ella, era muy difícil mitigar tanto dolor. Se quedó sola sin poder aceptar la soledad que la acompañaría a partir de ese momento.
Fue un golpe cruel del destino para ella. Su casa era demasiado grande y la soledad también. Los hijos iban alguna vez a comer con ella pero no con la frecuencia que Jimena necesitaba. Sus hijos trataban de calmar tanto dolor con su presencia pero les resultaba imposible estar día y noche a su lado. Jimena quedó sumida en la soledad, siempre estaba triste y sólo vivía de los recuerdos. A veces le resultaba demasiado doloroso evocar el pasado vivido junto a su marido.
Sus hijos la animaban a salir con sus amigas, pero sus amigas iban con sus maridos y a ella no le apetecía salir con ellos porque recordaba los días felices que pasó con su marido; no se sentía cómoda en ese ambiente, eran demasiados recuerdos.
Todo era soledad para ella, no sabía cómo salir de su solitario aislamiento. Ya no la motivaba ir al cine, ni salir de paseo. Su único deseo era pensar en el pasado junto a su marido. Jimena evocaba el pasado constantemente y la tristeza volvía de nuevo a ella.
Cuando la tristeza aflige a una persona y la apatía se apodera de ella, es difícil salir por sí sola de ese laberinto de sentimientos dolorosos, de esa espiral de recuerdos. La vida se convierte en rutina; los días, en horas interminables, y las noches, en recuerdos dolorosos y lágrimas sin consuelo. Los pensamientos negativos no se detienen, fluye una sensación de desanimo y nostalgia, el corazón late despacio, pesado por tanto dolor y la vida deja de tener aliciente.
¿Quién podía sacar a Jimena de aquel túnel negro y profundo en el cual se veía inmersa? Tal vez el cariño de las personas que la querían y el paso del tiempo, ese tiempo que puede ser nuestro aliado para sanar los sinsabores del pasado, ese tiempo que a veces es detestado por ser infinitamente largo. Sólo las personas que la querían podían poner fin a esa soledad.
Cuando la soledad no es elegida puede arrastrar a una persona hasta el borde del abismo y llevarla al limite de la locura. Un manto sombrío de tristeza y melancolía invadía a Jimena sin piedad en las frías y temidas largas noches de soledad. Se sentía asfixiada por unos temores teñidos de incertidumbre que deambulaban a su alrededor sin la menor compasión.
Jimena comprendió que nadie la sacaría de su tristeza si ella no ponía algo de su parte. Era necesario empezar una vida sin su marido. Disponía de tiempo suficiente para dedicárselo a personas que la necesitaban, ir a centros culturales cerca de su casa y apuntarse a talleres de aprendizaje. Al principio no iba a ser fácil relacionarse con personas desconocidas, pero pasado un tiempo tenía la posibilidad hacer amistades con personas de su edad.
Nunca es fácil para una persona que ha vivido muchos años en compañía de su pareja, empezar una nueva vida sin esa persona a su lado, pero no se debe caer en el desánimo, ni permitir que la soledad se apodere de los sentimientos.
La soledad que a Jimena la vino impuesta por las circunstancias de la vida no fue elegida por ella, soledad que ella llegó a aborrecer porque no era deseada, soledad que Jimena no eligió. Esa temible y controvertida palabra llamada soledad que cuando no es elegida, cuando no la deseas, debes abrir la puerta de tu corazón para que ella salga sola de él y en silencio vaya a buscar otra compañía que desee habitar con ella.
No iba a ser fácil para Jimena emprender en solitario una nueva vida. Tenía a su lado unos hijos maravillosos que con su cariño y compañía la ayudarían a mitigar el dolor producido por la perdida del ser amado. Jimena, en las noches de tristeza y fría soledad, escribía cartas expresando su estado anímico, cartas que fueron guardadas junto con los recuerdos de su marido.
Con el paso del tiempo el dolor irá amainando como el fuerte oleaje después de la tempestad, dando paso a la quietud, para que la melancolía se convierta en un arco iris de esperanza y serenidad.
María Luisa Morales
Y los poetas hablan del verano, de los vientos del otoño y hasta de la nieve y de los quebrantos del invierno. Y dicen de la inflorescencia que inunda prados, ríos y quebradas y se va volviendo alegría y trae fascinación a insectos, pájaros y personas. Y hablan de que hay un sopor en los días sin sol y que hay que recogerse frente a la chimenea con las pantuflas, el té caliente y los olores a leña. Y escriben versos sobre fantasear escondido durante varios días pegado al vidrio de la ventana mientras afuera nadie se mueve, y todo muere bajo el hielo y las bajas temperaturas. Y en el mismo sitio, otro día, alguien dice que en ese verano los niños abren un poco los hidrantes y se compadece el agua de sus pieles mientras cientos de viejitos se preparan para morir. Y no falta quien describa con elocuencia el sonido del viento por entre las hendijas de las ventanas allá en los montes cercanos al mar mientras a lo lejos caen las últimas hojas de los árboles con lo copos de blanca nieve y en otras tardes y noches, la lluvia inclemente no para de caer como agujas de hielo.
Y yo… miro a mi alrededor, y todos los días en mi vida son de primavera, sin llamarse así, con su cara sonriente en algunas horas y en otras de las tardes o muy temprano en la mañana ha amanecido lloviendo con vientos de algún otoño perdido. En muchos días, al mediodía el sol nos recuerda con su fuerza este trópico, y hasta en las mismas noches la luna sale a pasear oronda mostrándonos a todos su sonrisa. Todo ocurre en la misma semana o hasta en el mismo día. Todo parece pasar a diario, a veces, en un crono tan idéntico. Son días que parecen iguales pero que en cualquier momento cambian. Nosotros entonces no tenemos días predestinados año a año a estar encerrados al filo de la chimenea o a tener que acudir al fontanero para que descongele la tubería de bañarnos, o a correr al agua de la fuente del parque para refrescarnos en la canícula veraniega. Ese mismo calor a nosotros nos puede llegar un sábado por la tarde asando carne con algunos amigos y corriendo tras un balón en algún potrero de los que bordean mi pueblo.
Trópico y formas que se parecen al paraíso porque no se arrima siquiera a esos extremos que hay en los libros, donde o el frío intenso o el calor hacen que el tiempo se detenga. En mi pueblo todo es vida todos los días del año y el ritmo se integra con el correr de la sangre en las venas. Por eso tal vez, no hay en los versos de por aquí ni el hielo ni el desierto, sólo vientos, flores, pájaros e insectos; canciones, ritmos y tamboras; ojos de mil trinos de amor y muchos mares que todos los días del año están teñidos de innumerables tonos de azul.
Letras-Poesía-Psicoanálisis: “Azahares, jarmines y fresias”, por Sebastián Digirónimo
19, Marzo 2008
«What’s in a name? That which we call a rose
by any other word would smell as sweet.»
Romeo and Juliet, Act II, Scene II
Esta página, concebida por azar una tarde de primavera, será tan breve como fugaz fue la idea que le dio origen; fugaz como la dulce sensación de los aromas que la calle me entregó esa tarde.
Sabido es que Cassirer, como muchos otros, ha señalado que la visión del mundo de un hombre está determinada por el lenguaje; que el mundo es lo que el idioma le permite ser. Esa afirmación es punto de partida para cientos de polémicas: surgen de ella tanto falacias extremas como verdades conciliadoras. La intención de esta página es, dejando de lado todos los argumentos y las polémicas, aprovechar una idea poética pequeña y maravillosa que encierra la afirmación de Cassirer (y por ella, si se quiere, descubrir que Cassirer, al fin y al cabo, está en lo cierto.)
En realidad, no todo lo anterior es cierto. Ya desde el principio se encuentra en esta página la intención de declarar verdadera la sentencia de Cassirer. Es que el recuerdo de los aromas que la calle me entregó por azar esa tarde de primavera me obliga a ello. No puede pensar de otra manera alguien que disfruta los perfumes de esas agradables flores y que, al mismo tiempo, vive trabajando con las palabras, sopesándolas, acariciándolas, buscando desentrañar de ellas la magia que encierran, o que emanan cuando se trabaja con ellas, sopesándolas y acariciándolas con respeto. La unión de ese recuerdo con la voluntad poética hace indudablemente verdadera la sentencia de Cassirer.
La duda sólo puede llegar desde otros poetas mayores. Shakespeare, que era uno de ellos y conocía los límites del instrumento que manejaba con tan grande arte, ha visto bien pero también se ha equivocado. Las palabras que constituyen el epígrafe de esta página son tan ciertas como imprecisas, pues, aunque el aroma de la flor es independiente de la palabra que la designa, la palabra rosa hace también al aroma de la rosa. El hombre huele (y ve y oye y toca y saborea) más con el idioma que con los meros órganos animales. Ciertamente que la mirada más ingenua tiende a considerar las palabras del poeta como ciertas fuera de toda duda. ¿Cómo podría ser distinto el perfume de la rosa si la rosa no se llamara rosa? Y ciertamente las moléculas que llevan el perfume desde la rosa hasta las humanas narices serían las mismas. De allí la parte cierta de las palabras que se oyen cuando alguien representa Romeo y Julieta. Pero el perfume de la rosa no es sólo el transportado por las moléculas inmutables, el perfume de la rosa es también el que permite la palabra rosa en sus relaciones con el resto de las palabras que constituyen el idioma. Esas relaciones, como se sabe, son de combinación y oposición. Pero aquí no nos importan demasiado las verdades que empiezan con Saussure, sobre todo por lo verdaderas que son (toda negación es más error de consideración que intento real de refutación.) Del olvido de que para el hombre el perfume no es el inmutable que transportan las moléculas inmutables, surge el aspecto impreciso de las palabras que se oyen cuando alguien representa Romeo y Julieta.
No importan las verdades que comienzan con Saussure por otro motivo mucho más importante que el anterior. Esta página breve se trata de sentir con toda el alma la verdad de la sentencia de Cassirer. Sentir con toda el alma, como sienten sólo los poetas. La intención de esta página es que todos sintieran por un momento lo que todo hombre puede llegar a sentir con un esfuerzo de poesía y con un trabajo constante. De esa manera, también, el recuerdo de esa tarde, que es mío, podría ser, por la palabra, de cada uno de vosotros. No de todos vosotros sino de cada uno de vosotros, que no es lo mismo. Alcanzaríamos así una de las magias de la poesía, pues degustando la muerte es como puede el hombre sentir mejor la vida, y la poesía verdadera es la poesía trágica, la que se funda en las honduras del alma humana. Haciendo sentir la muerte, así, la poesía parece hasta vencerla, pues si cada uno de vosotros será dueño de mi recuerdo, aun si yo muriera seguiría viviendo mi recuerdo en otros, una parte de lo que soy, y no es poco. Mirado por otro lado sí es poco: una limosna miserable. Pero los hombres no podemos pedir más.
Y para sentir con toda el alma hay que deshacerse de la erudición común. Alguien escribió alguna vez que la cultura es lo que queda cuando la erudición desaparece. Quizá más preciso sería decir que la cultura es lo que aparece cuando a la mera erudición se le adjunta un alma. Es que la erudición sin alma, aborrecida por los hombres verdaderos y ya denunciada por ese hombre que era nada menos que todo un hombre, don Miguel de Unamuno, es capaz de arruinar las creaciones más sublimes. Recuerdo que una tarde estaba yo leyendo el Lunario sentimental de Lugones en una edición vecina al año dos mil y española, y en el poema titulado “Luna de los amores”, allí donde Lugones escribe «El aire huele a fresia», se ve una nota al pie, agregada por el erudito de turno, que dice lo siguiente: “Fresia: fresa.” ¡Cómo cambia el perfume del poema y cuánto pierde el amigo erudito! Quedaron en soledad los azahares y los jazmines por el desconocimiento de la perfumada flor, de la freesia de la botánica cuyo origen se encuentra, al parecer, en el continente africano. Y el error del erudito ya empieza a mostrar la verdad de la sentencia pronunciada por Cassirer y tantos otros.
Pero acerquémonos, mejor, al recuerdo que fue mío y podrá ser de algunos otros, de cada uno de esos otros. Allí está la calle, hay en ella unos cuantos naranjos en flor y el aroma de los azahares inunda el aire tibio. Caminamos con los ojos cerrados, o apenas entreabiertos, y las formas de los árboles se nos aparecen como sombras extrañas mecidas por la brisa. El perfume, así, lo inunda todo. Pero hay otros perfumes que se mezclan con él, y son también dulces: el perfume de los jazmines que llevamos en nuestra mano izquierda; el perfume de las fresias que llevamos en nuestra mano derecha. Respiramos profundamente, siempre con los ojos cerrados, y el momento se parece mucho a la eternidad. Pero no hemos alcanzado todavía toda la dulzura de esos perfumes.
Nuestras almas se preparan ahora para ello. Debemos hablar, escandiendo lentamente las palabras y pronunciando con seguridad y claridad sus letras.
Azahares, jazmines y fresias
Y debemos repetir la línea con mayor hondura, respirando con fuerza los dulces perfumes.
Azahares, jazmines y fresias
Y debemos sentir las palabras con toda el alma, elevándonos hasta los poetas, y así sentiremos con toda el alma también los dulces perfumes y pensaremos que en la sentencia de Cassirer está encerrada la verdad.
Todos los escritores suelen quejarse, por lo menos alguna vez a lo largo de sus vidas, de la pobreza que les presenta el instrumento con el cual trabajan. Entonces ven en el idioma que usan dificultades que otros idiomas quizá no presentan, o por lo menos que no presentan para él. El poeta sabe que no puede decirlo todo. Siente, cuando escribe, que justamente escribe porque no puede decirlo todo.
A veces nos convendría festejar el idioma que nos ha tocado en suerte, porque él también tiene sus bondades. Azahares, jazmines y fresias: creo vislumbrar que en castellano huelen mejor.
Sebastián Digirónimo
Mensajes catastrofistas nos inundan. Los medios de comunicación, apoyados por eminentes estrellas del espectáculo y líderes políticos, nos machacan con informaciones sobre los dramáticos efectos del cambio climático. Las doctrinas morales o ecoéticas están en auge. Se nos invita a cambiar nuestra vida, luchar individualmente contra la destrucción medioambiental y el derroche de energía. Los gobiernos, las empresas y los ciudadanos deben unirse para frenar la catástrofe. Los científicos, mientras tanto, no se ponen de acuerdo sobre los resultados que puede acarrear el cambio de clima o el calentamiento del planeta, aunque ya pocas voces del mundo sobrevalorado y objetivista de la ciencia se muestran escépticas en cuanto a la variación del clima.
El problema de la destrucción de la Naturaleza no es nada nuevo; el capitalismo omnipotente lleva más de dos siglos expoliando el planeta en beneficio de unos pocos, así como tiranizando a una parte de sus habitantes y matando de hambre a la otra parte. Nuestra responsabilidad en estos temas tendría coherencia si fuéramos libres, al menos libres de elegir. Hemos nacido en un mundo que se rige por un sistema económico que, ideológicamente y en la práctica nos somete a la producción, al consumo determinado y al pensamiento único del beneficio económico. Somos súbditos de la religión del capital, y aunque no creamos en ella no tenemos otra posibilidad que vivir en ella, de momento. La responsabilidad es del que crea el problema, la culpa o el trauma; de los que desarrollaron una sociedad de consumo con unos productos que contaminan y un modo de vida del que difícilmente escapar. ¿Por qué no se invirtió en desarrollar energías limpias o en incentivar el transporte colectivo? ¿Por qué no se prohibió arrasar las grandes masas forestales o agotar los recursos? Porque no interesaba a las multinacionales ni a los gobiernos al ser económicamente poco rentable, pero poco rentable para los gobiernos y empresas, ya que para los ciudadanos sí que es rentable.
Este sistema no es un sistema democrático y de todos; está construido para el desarrollo económico y vital de una minoría. ¿Dónde está nuestra responsabilidad ecológica? Llevamos toda la vida luchando por sobrevivir, por educar y alimentar a nuestras familias, aunque tengamos un televisor de plasma y un automóvil cinco estrellas, intentando conservar nuestro miserable empleo, y ahora cometen la inmoralidad de atemorizar a la población por sus abusos y su política económica destructiva con el medio ambiente. La Naturaleza es un bien de todos, así como la vida, la sociedad, la democracia, los recursos naturales, la riqueza, etc, pero hace mucho tiempo que lo que es de todos pertenece a unos pocos. No nos hemos cargado el planeta, ¡se lo han cargado! Decir que somos responsables de estos problemas porque contribuimos y pertenecemos a este sistema irracional parece lo mismo que responsabilizar a los africanos de la miseria en su continente: sí y no, y hasta cierto punto. Hay que identificar a los verdaderos culpables para impedirles su continuo homicidio ambiental. Se hace necesaria otra política, una democracia real, no sólo para salvar el planeta sino para nosotros mismos. El miedo que nos bombardea desde los medios y desde los gobiernos tiene como único objetivo nuestra sumisión y nuestra opresión. El problema medioambiental no es un problema estrictamente moral sino político y social, contra su lucha de nada sirve moralizar. Tan sólo una respuesta práctica y consecuente podría detener el desastre, si es que existe tal amenaza. Pero, por favor, que no sean tan ideológicamente hipócritas de echar la culpa a los ciudadanos de crímenes que no son suyos. La sociedad somos todos pero se encuentra en poder de pocos.
Adolfo de Paz
“Algo sobre ellos y algunas de sus virtudes”, por Francisco Pinzón Bedoya (desde Medellín)
27, Febrero 2008
He acumulado edades que nunca tuve sólo por el roce con los Universos Paralelos.
La verdad es que se me hace tarde.
De Ars Poétique de Gustavo Adolfo Becerra en la revista “Letralia”
Están cerca, los recuerdo y los siento muy dulces al lado de mis días, pues acompañan mi morral, mis escritos, mis noticias y todo lo que a mi vida se refiere. Tienen formas, colores, tamaños y sabores distintos. Algunos nos extasiamos en su olor y hundimos la nariz en sus profundidades como queriendo seguir la huella de la tinta hacia su primera aparición sobre el papel, y con mucha mayor alegría primaria si son nuevos. Su origen es tan único como su apariencia, mas no así su destino, pues su lugar en cada tiempo en uno es un albur que lo definen caminos inciertos y especialmente aleatorios, tan disímiles como las personas que los posean y como tumbos de la historia y los acontecimientos que la crearon. Podría decirse que tienen vida propia y que en ellos hay rastros de la vida de quienes los disfrutaron o no. Algunas veces están intactos, por explorar; otras, por recordar, y otras veces… son muertes sin esclarecer. Los hay de razas y pedigríes tan diversos como ejemplares existen. Hay coleccionistas y personajes de cuento involucrados en su cuidado y hasta en su consumo: Borges, como muchos, es un ejemplo sobresaliente de ello. Son en sí mismos, los receptores y transmisores de la vida, de la historia y del conocimiento, aunque en este siglo su validez y utilidad estén en boca de muchos y hasta en entredicho. Paradójicamente, siendo seres estáticos y pasivos, han dado pie y han creado destinos, y hasta han cambiado reinos por ríos de sangre y tormentas de fuego, donde se consumieron centurias y hasta se crearon retrocesos. Han sido prohibidos y perseguidos, miles de ellos, por tener en sus entrañas ese algo que no puede llegar a ser conocimiento y mucho menos acervo. Han evolucionado con el hombre y son sus eternos consejeros, sin emitir una sola voz, un solo fonema. Se convierten en hitos y en signos, en regalos y en cargas, en motivos de discordia y hasta de designio, pero en sí todos están hechos del mismo material de donde todos venimos. Volver su contenido propio de una persona los hace ser unos seres iluminados y llenos de estilo, de genio y hasta depositarios de la confianza de los siglos, pero también pueden –al contrario- quedar cargados con el peso de lo que otros quisieron dejarnos, para nuestro lastre y equipaje el cual debemos asumir, soportar, digerir o saber emprender. Han escapado en su importancia al paso del tiempo y siguen con nosotros en su recorrido, y hasta continuarán después de nosotros, siendo nosotros sólo uno más de sus pasos hacia no sé qué destino. Están en las personas así algunas de ellas no sepan de su existencia o al menos, no tengan conciencia de ello. Marcado a fuego en mi memoria está algún dicho que dice que se vivió sólo si se plantó un árbol, se tuvo un hijo y si se escribió uno. Así podría seguir hablando de ellos, de todos los individuos existentes de este género, pero sería como creer que se puede hacer una adivinanza infinita de algo que es obvio y que todos sabemos.
Los libros viven en todas partes, se apertrechan en miles de lugares y sólo esperan el paso de ese lector de tiempo completo. Se aprovechan de la obsesión de algunos pocos y de la costumbre de otros. Son como seres vivos que desatan emociones y operan bajo total libertad del tiempo y el espacio. Cuentan de Augusto Monterroso que le gustaba pedirlos prestados y devolverlos a su dueño, aunque fuera años después. Guardaba muy pocos en su casa. Cuando le regalaban uno, trataba de rechazarlo del modo más gentil, y preguntaba a los amigos: “¿quién me recibe unos libros?”.
Han estado en la historia desde siempre, como las huellas del hombre mismo. El emperador Shih Huang Ti mandó a construir la casi infinita Muralla China y, simultáneamente, ordenó que se quemaran todos los libros anteriores a él; la edificación de la muralla debía mantener al Imperio exento del riesgo de su destrucción y del olvido, mientras que la destrucción de todos los libros tenía como objetivo borrar de la memoria de su pueblo todo vestigio que hablara de un tiempo anterior al de su reinado, como lo narra Borges en su ensayo: “La muralla y los libros”. La paradójica decisión del emperador habla posiblemente de la amenaza que habita en cualquier libro, en los archivos, en la memoria, en toda edificación que intente proteger o prevenirse contra la corrupción, habla a favor de su poder de perpetuarse. Así, los libros y su continente que puede ser biblioteca (o paraíso) o hasta arrume, que a la vez son memoria de todo, llevan en su seno la huella de un fin infinito que no deja de ser su Damocles, su misma amenaza de devastarlos, de dejarlos al azar corruptor del tiempo. Afirmaba Borges de sus amigos personales que “los libros son memoria sólo si en ellos no cesa de germinar el olvido que los convierte en historia en curso”, es decir, en una siempre inacabada, siempre por hacerse, siempre utópica. Un poco, son los actores de un despropósito, ilustran sin saber de expresión corporal o lenguaje gestual, enseñan sin aspavientos de pedagogías, dicen sin hablar, cambian desde el silencio, generan la pregunta del porqué, se inventan lo que no se ha hecho y hacen que el mundo cambie porque pueden hacer cambiar al hombre. ¡Qué propósito tan elevado éste de unos seres estáticos y pasivos!
Los libros son apreciados en mayor medida por aquellos que se han hecho en los libros. “Nadie tan interesado en el arte como los artistas. Para decirlo en esos términos prohibidos, nadie es tan buen consumidor de arte como los artistas, tan buen lector de libros como los escritores, tan buen escuchador de música como los músicos”, decía William Ospina. El placer de estar acompañados de ellos en forma activa, como poseedores del lenguaje de otros que a través de ellos algo nos han querido legar, es sin duda uno de sus atractivos. Es gratificante la experiencia de vivir los libros, y más que ello su contenido. Es de tal magnitud, que hasta se les llega a considerar como “de nuestra familia” y como interlocutores que se tratan personalmente en diálogos íntimos y transparentes. Algunos han escrito sobre su encuentro con los libros, como “encuentros con otros fenómenos de la vida o el pensamiento. Todos mis encuentros están configurados y no aislados. En este sentido, y en este sentido solamente, los libros son parte tan integrante de mi vida como los árboles, las estrellas o el estiércol” (Henry Miller en “Los libros en mi vida”), y hasta se les atribuyen altas dosis de misterio ya que logran transmitir desde su “inanimidad” dejándonos a los lectores esa obligación de crear nuestro propia versión en lo que leemos, y es de ahí que a muchos no les guste confrontar su imagos de una novela con ésta cuando es llevada al cine, yo entre ellos tengo como ejemplo: El perfume de Patrick Sunskind o hasta El ahogado más hermoso del mundo, porque es como obligarse a cambiar la dama o el hecho o el tinglado que elaboramos en la lectura por lo que algún director consideró que era la mejor forma “gráfica” de representar dicha obra, y tal vez no queramos perder la magia o el hechizo que hizo en nosotros el libro. No quiero dejar de lado en este aparte del placer del libro y sus contenidos, aquél de la relectura, ya que además nos da la posibilidad de vivir varias veces las mismas palabras, porque “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, tema que de por sí da para una larga divagación constructiva. ¡Qué ventaja! ¡Qué oportunidades en las relecturas nos deparamos en esos libros especiales para cada uno!
Pero, ¿por qué son tan importantes los libros que aún hoy, en este siglo XXI de internet y otros, no han desaparecido? Será que internet -que algunos imaginan como una biblioteca- se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de “galerías hexagonales” como lo sugiere Jorge Gómez Jiménez (Revista Letralia). Más allá de los libros y las bibliotecas tradicionales, el concepto sí está cambiando. Un ejemplo cercano, Medellín, Colombia. Se ha creado un programa institucional de ellas llamado Parques Bibliotecas, donde se generan más “espacios de entretenimiento y convivencia” que parajes para lectores de libros. Más allá de un lugar para la lectura y la consulta de libro, los parques bibliotecas “son un concepto que rompe con el modelo tradicional de centros de consulta y préstamo de libros”, explica Gloria Inés Palomino, directora de la Biblioteca Pública Piloto y de la red de bibliotecas. Allí convive lo nuevo con lo tradicional. Confluye quien acude a hacer tareas y por ahí derecho a leer algunos textos que, en su curiosidad, hará sus amigos, y un punto de despegue de su marginamiento secular. Son ya cinco parques de este estilo con más de 20,000 libros, espacios y recursos para atraer cultura, escogidos para abrir mundos y para ampliar fronteras de pensamiento y la mente de las personas del común en Medellín. Ampliación que significa la contextualización del mundo, de su mundo, del mundo de todos quienes convivimos por estos lados del planeta. Los parques biblioteca, que son parte del plan de desarrollo de la administración municipal de Medellín, llegaron a la ciudad no sólo para atender la demanda de los sectores donde están ubicados sino para que otras instituciones, tanto educativas, comunitarias como religiosas, hagan uso de ellas. Por esta razón se convoca a la ciudadanía para que las visite y las muestre, “porque hacen parte de un patrimonio cultural y turístico de la ciudad”, sostienen quienes alientan este plan. Queda mucho por desarrollar, especialmente lo más básico de todo: cursos de lectura y escritura.
¡Libros! ¡Bibliotecas! ¡Letras! ¡Lectores y escritores! Son ese parte de supervivencia que se deja ver aún sobre las humeantes chimeneas de algún holocausto apocalíptico que algunos han pronosticado con el advenimiento del flujo virtual de las letras. Creo firmemente que todo ello está más ligado al espíritu del hombre que al medio en que se distribuyan. ¡Bienvenidas todas las formas que hagan de las letras la sangre de la vida de muchos!
Vuelvo a Borges una y otra vez, y recuerdo su mirada irónica sobre su ceguera que queda plasmada en el “Poema de los dones”, tal vez en algunos de los más conocidos de sus versos:
Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.
Francisco Pinzón Bedoya
Letras-Poesía-Psicoanálisis: “El uso del tiempo”, por Mª de las M. B. Ávila y Sebastián A. Digirónimo
21, Febrero 2008
(Artículo publicado en Aqueos)
En el periódico El País he leído la siguiente noticia: Un problema de narices, y he pensado seriamente sobre lo que ella podría indicar.
Sabemos bien que el uso que cada hombre le otorga al tiempo del que dispone está regulado de alguna forma.
Desde que se ha implantado el modelo capitalista del trabajo, el tiempo ha pasado a ser un valor de cambio. Por ello hay que disponer del mismo de cierta forma conveniente: invertir el tiempo en el trabajo, la educación (cuyo horario acostumbra desde temprana edad a la jornada laboral), ahorrar tiempo para “cosas importantes” (olvidando, en realidad, lo que más importa).
Pero de lo poco que se habla (y mucho se padece) es del extremo al que se ha llegado con respecto a los ideales del trabajo y de la sociedad contemporáneos: hay que trabajar siempre, no estar agotado; no sólo cumplir con el trabajo sino con la vida familiar, con la vida social, con la imagen que se tiene.
Los hombres hoy corren detrás de un reloj imaginario, y para no detener su marcha hacen cualquier cosa que tuvieran al alcance de sus manos. El consumo de drogas no es nada nuevo, pero pocas veces se menciona el consumo de drogas que se hace para soportar las exigencias del trabajo, para poder soportar largas jornadas, para “seguir y no parar nunca.” Y no hago referencia aquí sólo a las drogas ilegales, sino a aquellas toleradas y que se publicitan en los medios de comunicación, ya sea bajo la forma de medicamentos o no, y que a veces se cree que son menos peligrosas.
Si prestamos atención a las publicidades, por ejemplo, de suplementos vitamínicos o aspirinas (que cada día tienen más propiedades curativas) señalan: primero, que si uno está cansado no puede hacer las cosas que le gustan. Segundo: que la vida diaria nos enfrenta siempre a exigencias a las que hay que responder todo el tiempo. ¿Y cuál es la fórmula para lograrlo? ¿Acaso es tomar prioridades? ¿Acaso es descansar cuando arrecia el cansancio? ¡No! La solución es consumir el producto “X” por una módica suma de dinero y ese producto nos permitirá hacer todo lo que tuviéramos que hacer sin rendirnos ante el cansancio de un cuerpo que se degrada. Claro que no importa que eso que debemos hacer sea seguir trabajando para poder comprar luego más “X”.
Continuemos un poco más con las publicidades, pues ha ocurrido que mientras escribo veo en el aparato de televisión dos publicidades más: una, la de un medicamento para bajar de peso, de acción rápida. Otra de un banco multinacional que ofrece la posibilidad de tener un crédito de inmediato, por el valor de cinco sueldos y con una tasa de interés que es preferible ni mencionar (por lo onerosa) para hacer lo que uno quisiera, sin esperar. “Para vivir la vida hoy”, dicen.
Toda una vida de consumo, como bien ilustra Bauman en su libro que lleva ese mismo título. Junto a la exigencia de no detenerse se hace presente también la prisa, la inmediatez por obtener las cosas. Ya no es extraño encontrar personas que sacan créditos para pagar la cuenta de alguna de sus tarjetas de crédito (quizá para comprar más “X” y poder tomar otro empleo que le permitiera sacar otro crédito para pagar el anterior y así comprar más “X”…) Es algo verdaderamente kafkiano.
El mensaje que engloba todos estos fenómenos -aparentemente tan disímiles- es paradójico: hay que darse prisa y vivir la vida hoy, porque mañana… Pero allí donde se esperaría el “puede ser demasiado tarde” aparece el “no hay mañana”. No está la muerte acechando detrás de la prisa, está más bien su abolición. Nada se pierde. Hay que trabajar, ser exitoso, darse los gustos de inmediato, cuidar del cuerpo, y además ser joven, hoy porque hoy es lo único que hay.
El problema de creer que no se puede perder nada es que es un engaño, pues inevitablemente hay pérdidas. Es parte de la naturaleza, la vida se pierde. Entonces cuando ocurren los hechos que antes podían ser inscritos dentro de un orden, como el duelo, aparece cierto vacío que no puede llenarse porque la exigencia social es la de seguir corriendo, no detenerse.
Una sociedad que niega la muerte no puede más que conducirse de esta forma. En el cuento de Edgar Allan Poe titulado ”La máscara de la muerte roja”, hay una peste, la Muerte Roja, que azota una comarca, el príncipe Próspero se encierra en su palacio con otros cortesanos y organiza un baile de disfraces negando la existencia de la peste y la miseria y la muerte. Mientras ellos bailan inconscientes, sin embargo, aparece alguien disfrazado de la Muerte roja. El príncipe, ofendido, increpa al cortesano que, disfrazado como la Muerte roja insulta su alegría con esa ironía blasfematoria. Claro que no había cortesano ninguno bajo el disfraz: la Muerte roja los había alcanzado.
Seguimos bailando entre bufones, improvisadores, bailarinas y músicos. Corre el vino, corre “X” y corremos nosotros. Tarde o temprano aparece la máscara inesperada.
Ma. de las M. B. Ávila en colaboración con Sebastián Alejandro Digirónimo
Abierta la convocatoria del II Premio Luis Adaro de Relato Corto, con la colaboración de Ediciones Letra Clara
18, Febrero 2008
La Asociación de Escritores Noveles, con el patrocionio de Luis Adaro Tecnologías, invita a la participación en este concurso literario, cuyos relatos ganadores, como ocurriera el año pasado, se publicarán en un volumen bajo el nombre de Velamen, editado por Letra Clara.
BASES
Participantes
1.- Podrán participar los autores que lo deseen, españoles o extranjeros que no tengan en su haber más de dos libros editados, siempre que los trabajos se presenten escritos en lengua castellana.
2.- Cada autor podrá presentar solamente un trabajo, original y tres copias, con una extensión mínima de 3 páginas y máxima de 8 páginas, por una sola cara, en formato DIN A-4, a doble espacio, tipo de letra Times New Roman de 12 puntos.
Dotación
3.- Se establecen un único premio de 600 euros más una cuota de socio gratuita. Sobre esta cantidad se practicará las retenciones legales pertinentes.
4.- El ganador se compromete a acudir personalmente a recoger el premio en el transcurso del acto cultural organizado al efecto y que oportunamente se anunciará.
5.- En caso de no asistir, el premio quedará en poder de la asociación.
6.- Si en el transcurso de la convocatoria, y antes del fallo del jurado, algún relato participante es proclamado ganador de otro concurso, el autor deberá notificarlo a la organización del Premio Luis Adaro.
Condiciones Generales
7.- Los relatos deberán ser originales e inéditos y no haber sido premiados en ningún concurso literario.
8.- El tema será de libre elección y cada concursante podrá enviar un único original.
9.- Los relatos deberán presentarse obligatoriamente bajo el sistema de plica cerrada en la que en su exterior figure título y seudónimo. Dentro del sobre debe aparecer nombre, apellidos, dirección, teléfono y fotocopia DNI, del autor.
10- Los trabajos se enviarán por correo postal a la siguiente dirección: AEN - Asociación de Escritores Noveles. II Premio Luis Adaro de Relato Corto. Calle Zoila, número 28, 5º Izda. 33209 - GIJÓN (Asturias, España)
11.- No se admitirá ningún trabajo que se envíe por correo electrónico.
12.- El plazo de admisión de los trabajos finaliza el 1 de mayo de 2008 (se aceptarán los recibidos con matasellos anterior a esta fecha) y el fallo del jurado se dará a conocer en Julio de 2008.
13.- Constituyen el jurado figuras de reconocido prestigio en el mundo cultural y literario actuando como secretario de mesa un representante de Ediciones Letra Clara.
14.- El fallo del jurado se dará a conocer por los medios de comunicación y en las siguientes páginas web: http://www.asociacionescritoresnoveles.es y http://www.letraclara.com, y de modo expreso y personal a los autores de las narraciones premiadas.
15.- Todos los originales seleccionados, el ganador y los diez finalistas, serán propiedad de sus autores, reservándose la Asociación de Escritores Noveles el derecho a una primera edición con la colaboración de Ediciones Letra Clara.
Se publicarán en un libro cuyo título será “Velamen, Segundo Premio Luis Adaro”.
16.- El premiado recibirá tres ejemplares de este volumen.
17.- No se devolverá ningún trabajo presentado a concurso, siendo destruidos los que no hayan sido galardonados.
18.- Los derechos de autor derivados de la edición de Velamen, Segundo Premio Luis Adaro” quedarán en propiedad de Ediciones Letra Clara.
19.- La participación en el concurso supone la plena aceptación de las presentes bases y para cualquier otra decisión sobre el mismo queda facultadas la Asociación de Escritores Noveles y Ediciones Letra Clara, cuya decisión será inapelable.
Más información:
http://www.asociacionescritoresnoveles.es
prensa@asociacionescritoresnoveles.es
El ágape de Cenamor: “Poesía saharaui en castellano”
12, Febrero 2008
Uno de los fenómenos más peculiares de la literatura actual en castellano se da entre los habitantes de una de esas llamadas “naciones sin Estado” que no está lejos de España, pero cuya realidad es poco conocida. Se trata del Sáhara Occidental, un país ocupado por Marruecos, única nación árabe de habla hispana, poco o nada reconocida por la Real Academia Española de la lengua y el Instituto Cervantes, algo de lo que ellos se quejan amargamente, pues se sienten muy orgullosos y orgullosas de hablar castellano y solicitan que estas instituciones tengan delegaciones en su territorio.
Su tradición se ha trasmitido por vía oral. Las formas literarias fundamentales son la narración y la poesía, principalmente en lengua árabe. Pero en los últimos años se viene produciendo un nuevo e interesante fenómeno: la literatura ha pasado de la tradición oral a la escrita, preferentemente en castellano.

Sin lugar a dudas, los principales impulsores actuales de este cambio son los poetas agrupados bajo la denominación Generación de la Amistad, formada por Mohamed Salem Abdelfatah (Ebnu), Mohamed Ali Ali Salem, Limam Boicha, Ali Salem Iselmu Musa (Pirri), Bahia Mahamud Hamadi Awah, Zahra Hasnaui, Lehdia Dafa Mohamed, Chejdan Mahmud Liazid, Saleh Abdelahe, Luali Lehsan y Mohamidi Fakal-la. Se constituyeron como grupo en julio de 2005 en un encuentro que tuvieron en la ciudad de Madrid. Hay que decir que todos residen en España y se dedican a difundir en este país la cultura y reivindicaciones saharauis.
Grandes amantes de la poesía española y latinoamericana, el nombre, Generación de la Amistad, fue elegido emulando a aquella famosa Generación, la del 27, que en sus orígenes también se denominó “de la amistad”, por ser todos ellos amigos y amigas. Su actividad es incesante: han publicado al menos 7 libros individuales o colectivos; mantienen activas cuatro páginas web (Generación de la Amistad web, Generación de la Amistad blog, Tiris, novia de poetas y Poemario por un Sáhara libre), beben de las nuevas formas de la poesía y se atreven con la vídeopoesía, dan constantemente recitales por toda la geografía española y latinoamericana…
Otra de las labores importantes de estos poetas es precisamente la de rescatar esa tradición oral de la que proceden y comenzar a poner en papel a todos sus compatriotas poetas que les precedieron en la labor de cantar a su pueblo. En el mundo árabe, el saharaui es conocido como un pueblo de poetas.
Merece la pena leer a estos poetas. Su poesía está influenciada, principalmente, por tres fuentes: su tradición oral fuertemente apegada a la naturaleza y vivencias de su país, la poesía en lengua española de España y América y la lucha por la independencia del Reino de Marruecos. Estas tres fuentes confieren un carácter muy especial a su poesía y uno no deja de sorprenderse por su mezcla de rabia e inocencia, sus referencias naturalistas al sol, al mar, las dunas o la valentía de sus gentes.
Pero también destaca, muy en la tradición árabe, la poesía amorosa, y, fruto de esa presencia en España de los poetas de la Generación de la Amistad, espacios nuevos, vivencias nuevas desde las que han ido construyendo una poesía propia, mezcla de cercanía al país de acogida y aceptación de sus influencias, pérdida por el exilio y añoranza de los espacios abiertos que quedaron atrás.
Finalizo este artículo con el texto que encabeza su página web:
“Estamos escribiendo la historia del Sahara Occidental. Al margen de la guerra, hay vida feliz, hay infancia audaz y juventud soñadora. Historia de una generación que nació con las balas chillando en sus oídos y, a pesar de ello, para nosotros todo es literatura y ahora lo estamos cosechando para refundar la literatura saharaui y de paso liberar nuestra tierra, porque la lucha de la intelectualidad es la más potente de todas las luchas.”
Francisco Cenamor
El concepto de “mimesis” recorre la historia de la Filosofía. En cada época y en cada corriente de pensamiento este concepto, que significa “imitación”, aparece como el fundamento de la estética. La herencia idealista que considera el arte y la creación como imitación de la Naturaleza en la estética clásica llega hasta nuestros días reformulada por la ideología mística de Martín Heidegger y su neometafísica, pero también está presente en el discurso de la escuela de Francfort y del burocrático mundo académico. Si bien, es cierto que el conocimiento científico se basa en experimentar, en extraer leyes e hipótesis de la experiencia y no tanto en crear una imagen mimética de lo experimentado como hace el arte. Por esta última circunstancia, Adorno, Marcuse y otros pensadores interpretan el arte como una esfera cultural no del todo asimilada por el sistema y la racionalidad objetivista. Sin embargo, tienen claro que el discurso critico-reflexivo es emancipador y, en cambio, el arte emancipa por no encontrarse plenamente integrado, es decir, aunque pertenezca al modelo cultural y a un realidad establecida transgrede continuamente esta circunstancia. La contradicción que se encuentra en esta teoría es que la creación estética es mimesis, en sintonía con el idealismo, pero la dimensión estética es impotente ante el principio de realidad establecido porque su discurso es mimético, sólo supera “lo dado” como imaginación y esperanza de un mundo diferente. En conclusión, sin pretender reducir la obra de los franckfurtianos, la Filosofía es crítica y el arte es mimesis, por eso el pensamiento no es reducible a ser un instrumento operacional o la Filosofía un mero discurso estético (es decir, no es literatura), como pretenden ciertos postmodernos.
Heidegger, por cierto, no es tan relativista y libertino como sus súbditos postmodernos, continúa otorgando al arte el valor de mimesis aunque, al contrario que Adorno, el arte para él es la verdad. De hecho, uno de sus discípulos, Hans Gadamer, tiene un libro que se llama Arte y verdad de la palabra. Adorno es radicalmente contrario a esta ideología de la identidad y en su teoría de la no identidad se puede incluir la famosa frase de su libro Minima moralia: “El arte es magia liberada de la mentira de ser verdad”. Mucho recuerda esta cita a la de Nietzsche: “Cuanto más se aparta una cosa de la realidad, más pura es, más bella y buena”. La única posibilidad es vivir en el arte. La vida es posible sólo gracias a sus fantasmas estéticos. ¿Metafísica de artista o artista metafísico?
La noción de racionalidad de estos intelectuales se mantiene, en primer lugar, dividida en especialidades: no es lo mismo la química que la física, ni el derecho que la matemática, y por supuesto, no es lo mismo el arte que el conocimiento; y en segundo lugar, la razón identifica la realidad como opuesta al arte en Nietzsche, la verdad como opinión generalizada o mito en enfrentamiento con la sublimación artística en Adorno y la verdad como sinónimo de contemplación, mimesis o aletheia en Heidegger, etc, es decir, el modelo de racionalidad para todos es un modelo fragmentado en distintas especialidades fundamentalistas que tienen en común su concepto de verdad, pero para ellos la verdad es algo propio de la cognición, por eso Habermas dice que permanecen atrapados en la Filosofía de la conciencia. Vemos, de este modo, que la herencia idealista de “la verdad como correspondencia o como desvelamiento” se mantiene en sus interpretaciones a pesar de la gran purga que hacen a la Metafísica y del materialismo de algunos de estos pensadores.
Lo que es asignado como “la verdad” no tiene por qué serlo. La vía de escape a toda esta verborrea filosófica que hemos expuesto y que suena a academicismo purista, podría ser considerar que las racionalidades son razones de razón, es decir, que las especialidades son fragmentos provenientes de la desintegración de la malograda y no superada Metafísica, y que tanto la verdad como el arte no proceden de una entidad fantasmagórica sino que, algo tan poco considerado como las relaciones sociales tienen mucho que ver en su creación, ¡y digo creación en vez de mimesis!, aunque a las eminencias académicas les resulte vulgar.
Para seguir aumentando la polémica, incluyo a dos blasfemos, los dos alcohólicos, marginados y mal vistos: uno es Edvar Munch, para el cual el arte es lo contrario de la Naturaleza, es creación y no imitación; el otro es Bukowski, para el que “la ficción es una mejora de la realidad”, palabras textuales.
Adolfo de Paz

